domingo, 11 de marzo de 2018
martes, 27 de febrero de 2018
domingo, 28 de enero de 2018
MONASTERIO DE LEYRE. Leyenda de San Virila
Cuenta
la leyenda que el abad Virila sentía su alma hondamente preocupada por el
conocimiento de la infinitud divina. Ansiaba entender el misterio de Dios, para
poder así acercarse a él abandonando especulaciones teológicas que nada le aclaraban.
Con esta preocupación constante, cada día, después de los oficios preceptivos,
salía del monasterio y, por un senderillo que trazaron sus propios pies a
fuerza de andarlo, subía la pendiente que se levantaba detrás del cenobio,
hacia las rocas de Erando y la Chimenea y llegaba hasta un pequeño claro del
bosque donde, junto a un manantial, se entregaba a la plegaria y a la
meditación, pidiéndole a Dios que le permitiera atisbar siquiera un átomo de su
eternidad, puesto que sólo ansiaba comprender ese infinito que apenas es idea
sin sentido en la mente de los hombres.
Y dicen que
así iban pasando los años, que el abad Virila envejecía y que sólo su deseo de
infinitud le mantenía expectante del instante ansiado. Así hasta un día
preciso. Un día aparentemente igual a todos los demás, en que el abad, casi por
inercia, subió una vez más el camino cotidiano hasta el claro del bosque al que
nadie osaba venir a molestarle. Sólo que, en aquella ocasión, las cosas fueron
distintas, por una vez. Estaba en medio de su oración cuando, de pronto, un
pajarillo hasta entonces desconocido comenzó a trinar junto a él. Y tan bello
fue aquel trino, tanto sonó a música de las esferas, que por unos instantes el
abad Virila supo que aquello era, realmente, la afirmación de todo cuanto se
había preguntado a lo largo de su vida. Y, a través del canto del pajarillo, se
sintió ascendido a los cielos por un momento y su alma, lejos de cualquier
sensación provocada por los sentidos, supo de grandeza divina por la que tanto
se preguntó, y tuvo la evidencia de haberse integrado por fin en la infinitud
de esa Divinidad a la que tanto y tan fervorosamente se había encomendado.
Al regreso de
aquel instante de infinitud se sintió feliz y compensado, por fin, de todas sus
súplicas. Miró en torno suyo y lo vio todo distinto. Y hasta pensó que todo
aquello era producto de su nuevo modo de mirar, después de saber lo que él
sabía. Sus cansadas piernas le levantaron de su postración y, con renovadas
energías, emprendió el regreso al cenobio, pensando en el modo en que podría
contar a sus monjes la inefable experiencia que había tenido. Los árboles le
parecían mucho más altos, incluso creía ver árboles nuevos. Lo atribuyó a su
alegría. Incluso el monasterio le pareció distinto. Y hasta el hermano portero
que le abrió le pareció otro, pero lo habría atribuido todo a su nuevo modo de
ver la realidad, a no ser porque, de pronto, se dio cuenta de que tampoco el
hermano portero le reconocía a él. El abad se dio a conocer, un tanto extrañado
ya de tantas coincidencias insólitas. Y su asombro llegó al límite cuando el
portero se quedó mirándole sin entender nada y murmurando: ~¿EI abad Virila,
dices? Aquí no hay ningún abad Virila El único que hubo desapareció hace
trescientos años y nadie volvió a verle jamás...
Entonces
comprendió realmente. Y se dio cuenta de que aquel éxtasis celestial que a él
pareció de apenas unos minutos había sido, en realidad, un largo, larguísimo
contacto con el infinito que, sin darse él mismo cuenta, había durado más de trescientos
años.
Reunida
la comunidad, el abad Virila explicó a los monjes lo que le había sucedido y,
sabiendo que había cumplido ya su misión en esta vida, murió rodeado de todos
los que, gracias a él, habían aprendido lo que es un segundo de eternidad.lunes, 8 de enero de 2018
martes, 26 de diciembre de 2017
jueves, 2 de noviembre de 2017
CHAMPAGNE LO DESCUBRIÓ UN MONJE
El descubrimiento del champagne fue asimismo obra de Dom Perignon, un monje de la Abadía de San Pedro, en Hautvilliers-del Marne, que había sido nombrado bodeguero de la abadía en 1688 y descubrió el champagne experimentando con distintas mezclas de Vinos.
viernes, 26 de febrero de 2016
martes, 9 de febrero de 2016
LA SOCIEDAD FRANCESA EN VÍSPERAS DE LA REVOLUCIÓN : EL CLERO
El estamento clerical lo componían unas 120.000 personas (60.000 del clero secular y otros tantos del regular), un 0,5 % de la población. El clero tiene una enorme importancia social:
- Tiene GRANDES POSESIONES, AGRARIAS URBANAS. Colectivamente, la Iglesia era la mayor terrateniente del país.
- PERCIBE RENTAS, derechos feudales, donaciones, etc. y, especialmente, el diezmo.
- El Clero era un importante VENDEDOR DE GRANOS que obtenía de sus propias cosechas y de las rentas que percibía. Esto indica su responsabilidad en las subidas del precio del trigo especialmente en los meses de soldadura.
- Tiene gran INFLUENCIA sobre la población DESDE EL PÚLPITO. Pues, como señala BOIS, el pueblo se siente ligado a la Iglesia aunque rechace sus privilegios.
- Fuerte monopolio sobre la ENSEÑANZA.
- Controla varios aspectos de la vida cotidiana: bautizos, matrimonios, defunciones... que anota en sus LIBROS PARROQUIALES (fuente indispensable para conocer la demografía del Antiguo Régimen)
Podemos distinguir:
- ALTO CLERO. Obispos (muchos de ellos residían en la Corte sin preocuparse de su Obispado), abades, canónigos... Provenían de la nobleza. Percibían pingues rentas.
- BAJO CLERO. Casi todos eran de origen campesino ("plebe eclesiástica"). Sus pequeñas rentas les empujaron hacia "reivindicaciones temporales". LLegado el momento en la Revolución van a tener que elegir entre estar con su estamento o al lado de sus orígenes sociales.
miércoles, 23 de diciembre de 2015
El mercado de las reliquias
Los efectos milagrosos que tenía el contacto con los restos de santos alimentaron el tráfico de reliquias y también el fraude
Por Covadonga Valdaliso. Historiadora, Historia NG nº 130
El culto de las reliquias ha sido uno de los elementos más
característicos y llamativos del cristianismo desde sus orígenes. Las
reliquias se definen como los restos de los mártires o los santos, ya
sean corporales –como los huesos, el cabello o incluso tejido orgánico– u
objetos asociados con el santo en cuestión y su martirio. Se guardaban
en recipientes especiales, los relicarios, y se colocaban en las
iglesias –bajo el altar o en una capilla– para que los fieles los
veneraran en el día de cada santo y participaran de la santidad y gracia
ligadas a esos restos. El culto a las reliquias se popularizó
inmensamente durante la Edad Media; las gentes esperaban de ellas
efectos casi mágicos y no dudaban en peregrinar cientos de kilómetros
para alcanzar las más preciadas, las de los apóstoles Pedro y Pablo y
otros incontables santos que había en Roma, o la de Santiago en
Compostela.Esta práctica religiosa evolucionó a lo largo del tiempo, como muestra una conocida anécdota de fines del siglo VI. La emperatriz Constantina, hija del emperador Tiberio II y esposa del también emperador Mauricio, pidió al papa Gregorio Magno que le enviase la cabeza o alguna otra parte del cuerpo del apóstol san Pablo para colocarla en la capilla que estaba construyendo en su palacio de Constantinopla.
Pedazos de esqueleto
En su respuesta, el papa le ofreció limaduras de las cadenas que había llevado el mismo san Pablo en su cautiverio y le explicó así la negativa a entregarle la cabeza: «Conozca, mi más serena señora, que la costumbre de los romanos no es, ante las reliquias de los santos, tocar su cuerpo, sino poner un brandeum [una prenda] en una caja cercana al sagrado cuerpo del santo». El episodio ilustra la idea de que en la Cristiandad occidental, en los primeros siglos de la Edad Media, los sepulcros de los santos no solían ser violados, al contrario de lo que ocurría en Bizancio.Sin embargo, la realidad contradecía las palabras de Gregorio: cuerpos enteros, y también pedazos de ellos, circulaban por doquier, junto con objetos diversos que en algún momento habían estado en contacto con Jesucristo, la Virgen, los apóstoles u otros santos. Paños introducidos en sepulcros, ropas, instrumentos de martirio y tierra del Coliseo –lugar donde se había dado muerte a muchos mártires– salían de Roma en manos de emisarios, peregrinos y mercaderes. El propio Gregorio Magno había regalado al monarca visigodo Recaredo el cáliz de la Última Cena, hallado en la tumba de san Lorenzo.
En la Alta Edad Media, las catacumbas romanas dieron abundante material a los coleccionistas de reliquias. En el siglo IX, el diácono Deusdona creó una asociación destinada a su venta y comenzó a exportarlas fuera de Italia. El mercado fue creciendo, pero la materia prima comenzó a escasear. Así, si al principio el interés se centraba en objetos relacionados con Cristo, los apóstoles o los mártires, luego se extendió a los restos de otros santos, obispos, abades e incluso de reyes y aristócratas que habían mostrado en vida alguna relación con la causa religiosa. En ocasiones el tráfico se aceleraba. Durante la cuarta cruzada, el expolio de los templos de Constantinopla procuró, según decía Roberto de Clarí en 1204, entre otras cosas, «dos fragmentos de la Vera Cruz, tan gruesos como la pierna de un hombre y tan largos como una media toesa. Y se encontró también el hierro de la lanza con la que fue herido el costado de Nuestro Señor y los dos clavos con que clavaron sus manos y sus pies. Y se encontró también la túnica que había llevado y de la que fue despojado cuando lo llevaron al Calvario. Y se encontró también la corona bendita con la que fue coronado, que era de juncos marinos, tan puntiagudos como hierros de leznas. Y se encontró también el vestido de Nuestra Señora y la cabeza de monseñor san Juan Bautista, y tantas otras reliquias que no podría describirlas».
El mercado de las reliquias
Existía un auténtico ránking de reliquias en función de su valor. Las más apreciadas eran las relacionadas con la vida de Cristo, las reliquias de los apóstoles y los restos de los santos más venerados. Los cuerpos enteros, las cabezas, los brazos, las tibias y los órganos vitales tenían más importancia que otros restos humanos, y su antigüedad incrementaba su valor. Los lugares con menos santos, y con menos poder económico o político, contaban con objetos de menor relevancia. Con huesos, dientes, pieles, astillas y retales se consagraban altares, se encabezaban procesiones y se elaboraban relicarios. Los clérigos los compraban, incentivados por decretos conciliares en los que se instaba a poseer reliquias para consagrar con ellas los altares.Los laicos también las adquirían, para tenerlas en sus casas, llevarlas en sus bolsas o colgarlas del cuello. Se entendía que las reliquias ponían en contacto con la divinidad y a muchas se les atribuían poderes sanatorios, e incluso milagrosos. La demanda incentivó el comercio; muchas reliquias pasaban de un lugar a otro, algunas se fragmentaban para atender todas las peticiones, otras se duplicaban, esto es, se falsificaban. Así se explica que de la más importante de las reliquias de la Cristiandad, la Vera Cruz o lignum crucis –hallada por Elena, madre de Constantino, y siglos más tarde portada por los templarios en las batallas–, se venerasen tantos fragmentos
que, según se dice, con ellos podrían haberse compuesto varias cruces.
Otros santos distribuían por sí mismos sus restos, sin necesidad de portadores. Una imaginativa leyenda cuenta cómo en Arlés, al sur de Francia, se conservaba una columna de mármol muy alta, construida justo detrás de una iglesia y teñida de púrpura: era la sangre de san Ginés, un actor convertido al cristianismo en el siglo III al que la «chusma infiel» ató a la columna y degolló. La historia añadía que, «tras ser degollado, el santo en persona tomó su propia cabeza en las manos y la arrojó al Ródano, y su cuerpo fue transportado por el río hasta la basílica de san Honorato, en la que yace con todos los honores. Su cabeza, en cambio, flotando por el Ródano y el mar, llegó guiada por los ángeles a la ciudad española de Cartagena, donde en la actualidad descansa gloriosamente y obra numerosos milagros».
¿Dos cabezas del Bautista?
Para evitar los frecuentes fraudes que ideaban los mercaderes era posible poner a prueba las reliquias: si no obraban un milagro se consideraba que eran falsas. Además, debían ser aceptadas como tales por la Iglesia, pues de lo contrario venerarlas se castigaba con el Purgatorio. Sin embargo, había reliquias improbables, como el prepucio de Jesucristo, la leche de la Virgen o el cordón umbilical de la misma María, por ejemplo, o bien una pluma del Espíritu Santo, que se conserva en Oviedo, las monedas por las que se vendió Judas, distribuidas en diversos lugares, o el suspiro de san José, que se custodiaba en Blois y hoy se guarda en el Vaticano. Estos y otros objetos creaban polémicas a menudo. Guiberto de Nogent, un escéptico monje benedictino que vivió entre los siglos XII y XIII, creía imposible que el diente conservado en Saint-Medard fuese de Cristo, pues era dogma de fe que su cuerpo había resucitado; y señalabael absurdo de que hubiese dos cabezas de san Juan Bautista, una en Saint-Jean-d’Angely y otra en Constantinopla, obviando o ignorando que, en realidad, había varias.
Para saber más
Iconografía de los santos. Louis Réau. El Serbal, 1997-1998.La leyenda dorada. Jacobo de la Vorágine. Alianza, 2008.
martes, 10 de noviembre de 2015
EL SURGIMIENTO DEL MONACATO
Antes de entrar en materia es conveniente que veamos los antecedentes y el contexto en el que se formaría el caldo de cultivo de los futuros monasterios. Situémonos pues en los últimos siglos de existencia del Imperio Romano de Occidente.
Cuando dejó de haber emperador en Roma, el obispo de esta ciudad se
convirtió pronto en el personaje más importante. Alguien tenía que
proteger la ciudad y mantenerla en orden, así que sería el obispo, el
denominado metropolitano, el encargado de ello. El resto de
obispos de occidente, los de Italia, Galia, Hispania y África,
empezarían a considerar al Papa como a su jefe. Al mismo tiempo, los
obispos del Imperio Oriental se pusieron bajo el mando del emperador de
Constantinopla y su patriarca. Sin embargo, hubo algunos cristianos que
no deseaban tener ninguna relación con lo que sucedía en las ciudades y
los demás ámbitos de poder. Pensaban que en esos contextos los hombres
perdían sus virtudes, que trataban de hacerse poderosos y ricos y por
tanto estaban siempre tentados de ser codiciosos, ambiciosos, egoístas y
crueles, preocupándose tan sólo de ellos mismos. Algunos de los
cristianos que pensaban así prefirieron apartarse de todo eso, alejarse
de un mundo de egoísmo y perversidad para pasar su tiempo rezando a
Dios.
Esos hombres y mujeres se hicieron eremitas, muchos de ellos de forma solitaria, en desiertos, otros prefirieron vivir en grupos, para poder así ayudarse unos a otros en la oración, el estudio de la Biblia o el trabajo. Un eremita podía hacer lo que decidiese, pero un monje [1] que viviera en comunidad tenía que adecuarse a los otros monjes de su grupo, es por ello que necesitarían reglas.
Esos hombres y mujeres se hicieron eremitas, muchos de ellos de forma solitaria, en desiertos, otros prefirieron vivir en grupos, para poder así ayudarse unos a otros en la oración, el estudio de la Biblia o el trabajo. Un eremita podía hacer lo que decidiese, pero un monje [1] que viviera en comunidad tenía que adecuarse a los otros monjes de su grupo, es por ello que necesitarían reglas.
Así pues, el monaquismo se afirmaría en Occidente a partir del siglo IV,
inspirándose en los ideales de vida de los ascetas de los desiertos de
Egipto, como San Antonio (356), San Pacomio (346) y San Basilio
(379). En Roma, esta influencia oriental halló terreno fértil gracias a
la mediación de personajes carismáticos, como San Jerónimo, y a la
existencia, entre la alta sociedad de la época, de una espiritualidad
ascética dispuesta a acoger las propuestas monásticas. Y también fue
entre las mujeres de aquella perezosa aristocracia romana donde San Jerónimo,
llegado a Roma en el año 381, encontró sus más fervientes discípulos,
hasta el punto de que se formaron pequeños monasterios domésticos en
torno a sus casas.
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| Monjes de la Tebaida (Egipto), representación del siglo XIV |
Quizá a causa de su carácter elitista e individual, esta primera forma
de monaquismo doméstico y nobiliario tuvo poco éxito fuera de Roma.
Durante el siglo V se produjo un movimiento más organizado y apoyado por
la Iglesia para difundir la tradición oriental en Italia. En gran parte
de Europa, sobre todo en las penínsulas Ibérica e italiana se
sucedieron los intentos de crear un monacato y las reglas, elaboradas
por los más prestigiosos eclesiásticos, para dotar de un plan de vida
espiritual y material a quienes decidían buscar su santificación
retirándose del mundo y viviendo en una comunidad. Pero nadie logró un
éxito amplio y perdurable hasta que hizo su aparición San Benito de Nursia.
Benito fundó varios monasterios, entre ellos, alrededor del año 530, el de Montecassino,
donde a su muerte (547 ó 560) fue sepultado. Para Montecassino, que
parece su primera fundación, Benito escribió "una pequeña regla para
principiantes" (en expresión suya) que trataba de adaptar el modelo de
los padres del desierto a la concreta realidad de su tiempo. Por la
misma época se producían en otros lugar de Europa tentativas similares
que tuvieron menor éxito y continuidad, como la regla de San Isidoro de Sevilla o los intentos monacales de San Millán en Suso (Rioja) y de San Fructuoso, en El Bierzo (León).
No se sabe ni el año ni el lugar exacto en los que San Benito escribió
su Regla, ni siquiera puede determinarse si la Regla tal y como hoy la
conocemos, fue redactada como un conjunto orgánico o si fue tomando
forma gradualmente en función de las necesidades de sus monjes. Sin
embargo, puede considerarse como fecha aproximada el año 530 y en
Montecasino con más probabilidades que en Subiaco, ya que la Regla es,
con certeza, el reflejo de la madurez monástica y sabiduría espiritual
de San Benito.
Los primeros cronistas señalan que cuando Montecasino fue destruido por
los lombardos en el 581, los monjes huyeron a Roma llevando consigo,
entre otros tesoros, una copia de la Regla "que el santo Padre había
escrito". A mediados del siglo VIII había en la Biblioteca del Papa una
copia que se tenía por el autógrafo de San Benito. Muchos eruditos o
estudiosos aceptan que esta era la copia que se trajo desde Montecasino
pero, a pesar de ser bastante probable, no existe certeza absoluta. De
acuerdo con esta teoría, esto posible, este manuscrito de la Regla fue
donado por el Papa Zacarías a Montecasino a mediados del siglo VIII, poco tiempo después de la reconstrucción del monasterio. Carlomagno
la encontró allí cuando visitó Montecasino a finales del siglo IX, y a
petición suya se le hizo una copia muy cuidada, y se repartió un
ejemplar con el texto a todos los monasterios del imperio. Muchas copias
de la Regla se hicieron a partir de ella, una de las cuales ha
sobrevivido hasta nuestros días.
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| San Benito entre unas zarzas. Miniatura del Maestro de Fauvel (siglo XIV) |
Cuando San Benito se puso a escribir su propia Regla para los
monasterios que había fundado, introdujo en ella el resultado de su
propia experiencia madura y observación. Él mismo había llevado la vida
de un ermitaño según el modelo egipcio más extremo, y en sus primeras
comunidades había probado completamente sin duda el tipo predominante de
regla monástica. Por tanto, siendo plenamente conocedor de lo
inadecuado para los tiempos y las circunstancias en las que vivía de
gran parte del sistema egipcio, avanzó a partir de aquí en una nueva
dirección, y en lugar de tratar de vivificar las viejas formas de
ascetismo, consolidó la vida cenobítica [2], acentuó el espíritu familiar,
y desaprobó todas las aventuras personales en materia de penitencias.
De esta manera, su Regla se basa en la combinación prudente y deliberada
de viejas y nuevas ideas; la competencia en austeridad fue eliminada y
se produjo a partir de este momento la absorción de lo individual en la
comunidad. Al adaptar un sistema esencialmente Oriental a las
condiciones de Occidente, San Benito le proporcionó coherencia,
estabilidad y organización, y el veredicto de la historia es unánime en
alabar los resultados de dicha adaptación.
San Benito se dio cuenta de la necesidad de una regla de gobierno
permanente y uniforme en lugar de la elección arbitraria y variable de
modelos obtenidos a partir de las vidas y máximas de los Padres del
Desierto. Y así tenemos la característica de colectivismo, demostrada
con su insistencia en la vida comunitaria, en oposición al individualismo
de los monjes Egipcios. Uno de los objetivos que tenía a la vista al
escribir su Regla fue el de la extirpación de los Sarabitas y Giróvagos [3],
a los que condena con fuerza en el primer capítulo y de cuya mala vida
probablemente habría tenido experiencias desagradables durante sus
primero años en Subiaco. Para este propósito introdujo el voto de Estabilidad,
que se convirtió en garantía de triunfo y perseverancia. Esto es
solamente otro ejemplo de la idea de familia que impregna la Regla
entera, a través de la cual los miembros de la comunidad se ataban con
un vínculo de familia, y cada uno tomaba sobre sí la obligación
de perseverar en el monasterio hasta su muerte, a menos que se le
enviase a otro lugar por sus superiores. Esto asegura a la comunidad en
conjunto, y todos sus miembros individualmente, una participación en
todos los frutos que puedan surgir del trabajo de cada monje, y esto da a
cada uno de ellos esa fuerza y vitalidad que necesariamente resulta de
formar parte de una familia unida, todos unidos de la misma manera y
persiguiendo los mismos fines. De esta manera, haga lo que haga el
monje, no lo hace como individuo independiente sino como parte de una
organización superior y así la propia comunidad se convierte en un
conjunto unido más que una mera yuxtaposición de miembros
independientes. El voto de Conversión de vida alude al esfuerzo personal tras la perfección que debe ser el objetivo de todo monje benedictino.
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| Detalle de la Regla de San Benito, en un manuscrito del año 1000 (Monasterio de Silos). |
Toda la legislación de la Regla, la constante represión de uno mismo, el
conformar cualquier acción personal a un norma definitiva, y la
prolongación de esta forma de vida hasta el final de la vida de uno,
esta dirigida hacia "el desprenderse del hombre viejo y el revestirse
del hombre nuevo" , y así realizar la conversio morum [4] que es inseparable de la larga vida de perseverancia bajo los postulados de la Regla. La práctica de la obediencia
es una característica necesaria en el concepto de la vida religiosa de
San Benito, si no efectivamente su esencia básica. No solamente hay un
capítulo especial dedicado a ella en la visión de la vida religiosa de
San Benito, sino que de forma reiterada se refiere a ella como el principio que debe guiar la vida del monje;
es tan esencial que es objeto de un voto especial en toda institución
religiosa, sean los benedictinos o no u otros. Según la visión de San
Benito, esta constituye uno de los trabajos positivos en los que el
monje debe someterse a si mismo, por eso lo denominó labor obedientiae.
Esta debe ser alegre, sin condiciones, y pronta; sobre todo hacia el
abad, que debe ser obedecido como si ocupara el lugar de Cristo, y
también hacia todos los hermanos de acuerdo con los dictados de la
caridad fraterna, al ser "el camino que nos lleva a Dios”. Igualmente
esta se aplica a las cosas difíciles e incluso a las imposibles, en este
último caso se intentarán con toda humildad. En conexión con el tema de
la obediencia hay una nueva cuestión como es la del sistema de gobierno
contenido en la Regla. La vida de la comunidad gira alrededor del abad (considerado) como padre de familia.
Mucha libertad con vista a los detalles se le dejaba a su "discreción y
juicio", pero esta autoridad, lejos de ser absoluta o ilimitada,
quedaba salvaguardada por la obligación que recaía sobre él, de
consultar a la comunidad acerca de todos los asuntos que afectarán a su
bienestar, bien a los mayores solamente o a toda la comunidad. Y por
otra parte, dondequiera que parece que hay una cierta libertad concedida
a los propios monjes, esta, a su vez, esta protegida contra
imprudencias por la reiterada insistencia en la necesidad de la sanción y
aprobación del abad. Los votos de pobreza y castidad, pese a no ser mencionados de forma expresa por San Benito, como en las reglas de otras órdenes, se encuentran, sin embargo, enraizados tan claramente
como para formar parte esencial e indisputable de la vida de los que él
legisla. De esta forma, por medio de los votos y de la práctica de las
variadas virtudes necesarias para su propia observancia, se comprobará
que la regla de San Benito consta no solo de una serie de norma que
regulan los detalles externos de la vida monástica sino también todos
los principios de perfección de acuerdo a los Consejos Evangélicos.
Con respecto a la obligación o poder vinculante de la Regla, debemos de distinguir entre estatutos o preceptos y los consejos.
Las primeras serían aquellas leyes que ni mandan ni prohíben de forma
absoluta, y con las últimas, aquellas que son únicamente
recomendaciones. Por lo general, los comentaristas sostienen que los
preceptos de la Regla obligan solamente bajo la pena de pecado venial, y
los consejos ni siquiera. En realidad transgresiones de gravedad contra
los votos podrían, por otra parte, caer dentro de la categoría de
pecado mortal. Debe recordarse, sin embargo, que en todos estos temas
los principios de teología moral, las leyes canónicas, las decisiones de
la Iglesia, y las regulaciones de las diferentes congregaciones deben
ser tomadas en consideración al juzgar cualquier caso particular.
La labor práctica de la Regla la desarrollaremos en el apartado "La vida
en los monasterios durante la Edad Media", explicando el concepto de "Ora et labora".
sábado, 7 de noviembre de 2015
La Papisa Juana, la única mujer que gobernó la Iglesia
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| Cartel película La Pontífice |
115 cardenales decidirán a partir de este martes quién
es el hombre que toma las riendas de la Iglesia Católica. Será el Papa
número 266 en dos milenios de historia, todos ellos varones... o al
menos eso parece. Los cónclaves están envueltos en miles de leyendas y anécdotas, pero una de ellas pone en cuestión que todos los líderes de la Iglesia hayan sido hombres.
Según el mito, una mujer disfrazada de varón fue elegida Papa y gobernó
entre los años 855 y 857, hasta que comenzó a sufrir las contracciones
de un parto en medio de una procesión y dio a luz en público a su hijo,
lo que provocó la ira de los fieles.
Juana nació cerca de Maguncia (actual Alemania) y las versiones sobre
por qué escondió su feminidad son múltiples, desde el miedo a una
posible violación hasta el amor por un joven estudiante que la obligaba a
aparentar ser hombre para estudiar cerca de él. La única confluencia
que guardan todas las versiones de esta leyenda es que Juana tenía un
gran poder de oratoria y que eso le sirvió para labrarse un futuro
dentro de la Iglesia. Juana entró en la religión como copista bajo el
nombre masculino de Johannes Anglicus. En su nueva situación, Juana pudo
viajar con frecuencia de monasterio en monasterio y relacionarse con
grandes personajes de la época.
Por entonces, la elección papal dependía de las votaciones de todos los
fieles de Roma y su popularidad la alzó al liderazgo de la Iglesia.
Juana tuvo entonces la desdicha de convertirse en la amante de un
embajador, y quedó embarazada. Disimuló su estado gracias a las enormes
túnicas que vestía pero finalmente dio a luz durante una procesión. A
partir de ahí las distintas versiones del mito vuelven a contradecirse
entre sí. Algunos dicen que fue lapidada por los fieles airados y otros
que murió atada a los pies de un caballo que la arrastró por toda la
ciudad hasta extramuros.
Desde entonces y, para evitar nuevos casos, se fabricó un asiento papal
conocido como «sedia stercoraria» que disponía de un agujero en el
centro del mismo. Según numerosos escritos, éste se utilizaba una vez
elegido nuevo Papa tras el cónclave y su función era determinar mediante
el palpado testicular si el nuevo Pontífice era realmente un varón.
Aunque hay numerosos escritos respecto a la papisa Juana no se precisa a
qué Pontificado corresponde, aunque se barajan los de Juan VIII o
Benedicto III. La hipótesis principal sobre la génesis de esta leyenda
es un intento de desprestigio de la figura Juan VIII por su actitud
benevolente con otras iglesias. Esto provocó que fuese tachado de poco
varonil y se le adjudicara una «actitud femenina».
A pesar de que la historia niegue la existencia de la papisa Juana,
numerosos cuadros representan su leyenda e incluso Liv Ullmandirigió una
película sobre la única mujer que pudo algún día liderar la Iglesia
Católica.
Fuente. Diario ABC (España)
¿Puede renunciar un Papa?
El Vaticano ya ha confirmado la noticia: «El Papa Benedicto XVI renuncia a su cargo».
Pero, ¿Cabe «la renuncia» en una institución como la Iglesia Católica?
La respuesta es sí, aunque el último precedente tiene cinco siglos de
antigüedad.
El Papa Gregorio XII, representante de la Iglesia desde 1406 hasta 1415, tuvo que abandonar su posición para poner fin al llamado «Cisma de Occidente», que dividió a la jerarquía católica en dos ramas: Clemente VII en Avigñón y Urbano VI en Roma, se excomulgaron mutuamente y el Cisma quedó abierto durante varias generaciones, hasta la renuncia de Gregorio XII.
En principio, el Derecho canónico no establece ninguna oposición siempre y cuando el Pontífice exprese su renuncia de «forma pública y libre».
Así lo ha expresado Benedicto XVI durante la canonización de lo mártires de Otranto: «Siendo
muy consciente de la seriedad de este acto, con plena libertad, declaro
que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro, que
me fue confiado por medio de los Cardenales el 19 de abril de 2005», ha expresado el Pontífice achacando la decisión a su «avanzada edad» y a su «falta de fuerza».
Además, subraya el Canon 332,2 que «los dos modos previstos en la
legislación para el cambio en la cabeza de la Iglesia son el
fallecimiento o su renuncia y que este segundo supuesto tiene una
peculiaridad: no se requiere que sea aceptada por nadie, dado que no tiene superior en la tierra».
Los otros casos de renuncia al pontificado han sido los de Benedicto IX, elegido en el 1032 y Celestino V, que se retiró en 1294 al declararse carente de experiencia en el manejo de los asuntos de la Iglesia.
Celestino V abandonó solo 5 meses después de su designación. Fue este
Papa quien para cubrirse las espaldas, emitió un Decreto que declaraba
que estaba «permitida la renuncia de un Papa». Es este documento el que confirma la figura de la renuncia, negando toda duda al respecto.
El Papa Benedicto XVI será por lo tanto el cuarto Pontífice en renunciar
al ministerio papal en la historia de la Iglesia católica.
Todo lo que debe hacer a partir de ahora Benedicto XVI es escribir una «carta de renuncia oficial» al Colegio Cardenalicio, órgano electoral y supremo de la Iglesia Católica.
Benedicto XVI ya explicó en 2010 que un Papa puede dimitir «en un momento de serenidad, no en el momento del peligro».
En el mismo documento, ya señalaba que notaba cómo sus fuerzas iban
disminuyendo y temía que el trabajo que conllevaba su misión «sea excesivo para un hombre de 83 años».
El 28 de febrero de 2013, a las 20.00 horas, la sede de Roma, la sede de
San Pedro, quedará vacante. A partir de este momento la cuestión será
irreversible: «Una vez hecha la renuncia y manifestada, en el modo que sea, a la Iglesia por el Romano Pontífice queda vacante (la sede pontificia) y no puede volverse atrás», recoge el Canon.
Fuente. Diario ABC (España)
El mundo monástico
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| Actividades agrícolas en el monasterio (miniatura medieval) |
En el siglo IX, los monasterios proliferaron en Europa y, tras sus
muros, se gestó una nueva visión religiosa, que no excluía el trabajo
manual. Al contrario, convirtió el tradicional castigo divino en uno de
los factores de desarrollo.
En el marco de la expansión del cristianismo, las experiencias monásticas proliferaron en las costas de Provenza y luego, en Irlanda, donde la difusión del fenómeno coincidió con la evangelización de la isla por obra de San Patricio, iniciada en 432. El monaquismo cobró fuerza con la experiencia de Benito de Nursia, quien al fundar el monasterio de Montecassino, compuso la Regula Benedicti, compendio de reglas destinadas a sistematizar la vida religiosa.
En el marco de la expansión del cristianismo, las experiencias monásticas proliferaron en las costas de Provenza y luego, en Irlanda, donde la difusión del fenómeno coincidió con la evangelización de la isla por obra de San Patricio, iniciada en 432. El monaquismo cobró fuerza con la experiencia de Benito de Nursia, quien al fundar el monasterio de Montecassino, compuso la Regula Benedicti, compendio de reglas destinadas a sistematizar la vida religiosa.
San Benito pertenecía a una familia acomodada de Umbría, procedente de
la aristocracia romana. En un principio, estaba destinado a ocupar un
cargo en la burocracia estatal, pero su carrera dio un giro notable
cuando decidió sumarse a una comunidad eremita en Efido. Posteriormente
se retiró a Subiaco, donde organizó una nueva comunidad eremita según
las normas establecidas por Pacomio. Debido a conflictos internos, se
estableció en Montecassino, en Campania (Italia), una región donde el
paganismo todavía permanecía vigente.
San Benito subrayó la subordinación de los miembros de la comunidad al
abad, y el mantenimiento de por vida de los vínculos con el centro
religioso.
El gran cambio que estableció la reforma benedictina fue el de reducir
la austeridad corporal en aras de un mayor esfuerzo en la formación
intelectual. Puso el acento en la importancia de la lectura y del
estudio, para lo cual exigió que cada monasterio contase con una
biblioteca y una escuela. Estos dos elementos fueron las bases de lo que
posteriormente serían las escuelas episcopales. San Benito destacó la
importancia de que los monjes ejerciesen el trabajo manual y sistematizó
la práctica regular de la plegaria, adoptando la máxima ora et labora.
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| San Benito de Nursia |
La entrada en el monacato obligaba al monje a permanecer en él toda la
vida, respetando los votos de pobreza y castidad. Para la dirección de
la comunidad, los monjes elegían un abad, al cual debían obediencia.
Como padre y guía, el abad se encargaba de mantener la disciplina, tanto
en el aspecto religioso como mundano (comidas, vestimentas, etc). Dado
el caso, el abad estaba facultado para castigar a los monjes que
infringieran las reglas. Por lo general, el castigo consistía en
jornadas de ayuno, exposición más o menos prolongada a las inclemencias
climáticas o incremento de las horas de trabajo.
Pese al excelente funcionamiento del sistema monástico benedictino, éste
tardó al principio en imponerse. Tanto en la península itálica como en
la Galia, la regla benedictina debió competir con muchas otras formas
organizativas. Uno de los méritos del papa Gregorio Magno fue
precisamente reconocer las posibilidades que ofrecía el monacato
benedictino como un instrumento al servicio de la autoridad pontificia.
En la época de las misiones para cristianizar a los pueblos que aún
profesaban cultos paganos, se pusieron de manifiesto todas las
implicaciones de este vínculo entre la política papal y la difusión de
un monaquismo disciplinado y bien organizado.
Revalorización del trabajo
El monasterio se esforzaba por desarrollar una economía lo más
autárquica posible y producir en sus propios terrenos todo lo necesario
para su autosubsistencia. La variada actividad de los monjes abarcaba
tanto el cultivo del campo y de la huerta como los oficios artesanales.
Por lo general, los trabajos más duros fueron realizados en gran parte
por los campesinos libres y siervos que vivían en las tierras abaciales
y, más tarde por los hermanos legos. Pero los oficios artesanales,
especialmente en los primeros tiempos, fueron ejecutados principalmente
por los monjes. Y fue precisamente por la organización del artesanado
por lo que el monacato ejerció una profunda influencia en la evolución
artística y cultural de la Edad Media.
De este modo, aunque era común la presencia de aristócratas en los
monasterios, la vida monacal impuso una nueva valoración del trabajo. En
este sentido, las reglas monásticas ejercerían gran influencia en la
moral burguesa de la Baja Edad Media, tal como se iba a expresar
posteriormente en las ordenanzas de los gremios. Puede afirmarse que los
monjes fueron los primeros que enseñaron en Occidente a trabajar con
método. Hasta la reorganización de la vida urbana, los talleres que,
herederos de la antigua manufactura romana, eran todavía numerosos en
las ciudades, trabajaban dentro de unos límites muy modestos, y
aportaron poco al desarrollo de las posteriores técnicas industriales.
También en los palacios señoriales y en las más importantes cortes
feudales había artesanos especializados, que trabajaban de manera
obligatoria y gratuita, pero pertenecían a la casa real o a la
servidumbre. Su trabajo se desarrollaba dentro de los marcos del trabajo
doméstico. La independencia del artesano fue fruto, entre otros
motivos, de la aparición de los monasterios. En ellos fue donde, por
primera vez, aprendieron a ahorrar tiempo,a dividir y aprovechar
racionalmente el día, a medir el paso de las horas y a anunciarlo con el
toque de campana. El principio de la división del trabajo se convirtió
en el fundamento de la producción.
Focos de difusión
En Occidente, el desarrollo del monaquismo se produjo a partir de dos grandes focos que supusieron una ruptura con el modelo oriental. Durante los siglos VI y VII, los monjes irlandeses, entre ellos San Columbano, fundador del monasterio de Bobbio (Italia), penetraron en el norte del continente en funciones misioneras. En Italia, la Regula Benedicti prosperó al limitar el rigorismo ascético del monaquismo occidental y adaptarlo a la época. Los monasterios benedictinos se convirtieron en importantes centros productivos, culturales y religiosos, sobre todo a partir de Casiodoro de Vivario (Calabria). En el siglo VII se extendieron por la Galia.
Focos de difusión
En Occidente, el desarrollo del monaquismo se produjo a partir de dos grandes focos que supusieron una ruptura con el modelo oriental. Durante los siglos VI y VII, los monjes irlandeses, entre ellos San Columbano, fundador del monasterio de Bobbio (Italia), penetraron en el norte del continente en funciones misioneras. En Italia, la Regula Benedicti prosperó al limitar el rigorismo ascético del monaquismo occidental y adaptarlo a la época. Los monasterios benedictinos se convirtieron en importantes centros productivos, culturales y religiosos, sobre todo a partir de Casiodoro de Vivario (Calabria). En el siglo VII se extendieron por la Galia.
La actividad cultural
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| Monje copista |
Tras la muerte de Carlomagno, la corte dejó de ser el centro cultural de
Europa. El desmembramiento del mundo carolingio convirtió los
monasterios en los nuevos focos de actividad intelectual y artística. La
copia y la iluminación de manuscritos fueron una de las grandes tareas
monacales, como lo demuestran las obras realizadas en Tour, Fleury,
Corbie, Tréveris, Colonia, Ratisbona, Reichenau, San Albano o
Winchester. El trabajo estaba organizado por especialidades. En los
talleres destinados a esta actividad (scriptoria), además de los pintores (miniatores), estaban los maestros de caligrafía (antiquarii), los ayudantes (scriptores) y los pintores de iniciales (rubricatores).
Junto con la ilustración de textos, los monjes se ocupaban de
arquitectura, escultura y pintura, eran orfebres y esmaltadores, tejían
sedas y tapicerías, creaban fundiciones de campanas y talleres de
encuadernación de libros, de producción de vidrio y cerámica.
Algunos monasterios llegaron a convertirse en grandes centros
productivos, como el de Saint Riquier, que ya en el siglo IX tenía un
trazado de calles con los talleres agrupados por oficios.
Muchas veces, los talleres monacales también eran sedes de experimentos
tecnológicos. A fines del siglo XI, el monje benedictino Teófilo
describía en sus notas (schedula diversarum artium) una serie de
inventos hechos en los monasterios, como fabricación de vidrio, pinturas
al fuego en vidrieras y mezcla de colores al óleo.
Por lo demás, numerosos artistas y artesanos libres, que recorrían
Europa, procedían en gran parte de los talleres monacales, que al mismo
tiempo eran las "escuelas de arte" de la época y se dedicaban
especialmente a la formación de nuevas promociones de maestros. Especial
nivel de formación artística alcanzó el monasterio de Solignac, cuyo
fundador, San Eligio, fue el más famoso orfebre del siglo VII. El obispo
Bernardo, creador de las puertas de bronce de la catedral de
Hildesheim, se destacó como formador de numerosos maestros fundidores.
Muy importante fue la contribución del monacato al desarrollo de la
arquitectura. Hasta el florecimiento de las ciudades y la aparición de
las logias, la arquitectura estuvo en manos casi exclusivamente
eclesiásticas, si bien los artistas y operarios que trabajaban en la
construcción no solían ser monjes. Éstos participaban como
organizadores. Del monje Hilduardo, por ejemplo, se sabe que fue el
maestro de obras de la iglesia abacial de Saint Père, en Chartres; San
Bernardo de Claraval, puso a disposición de otros monasterios a un
miembro de su orden, el arquitecto Achard, e Isemberto, arquitecto de la
catedral de Saintes, La Rochela y otras ciudades.
Las reformas de Cluny y el Císter
Durante los siglos X y XI, surgió un movimiento de reforma que pretendía
elevar el nivel moral del clero, luchar contra el matrimonio y
concubinato de los clérigos y abolir la simonía -compra y venta de los
cargos eclesiásticos-. En una época en que los monarcas nombraban a los
obispos, e incluso los señores feudales designaban a los párrocos, los
reformadores perseguían también la separación entre el poder
eclesiástico y el poder civil. En este contexto obtuvo una especial
resonancia el movimiento cluniacense, que partió en la abadía de Cluny,
fundada en 910 por el duque Guillermo de Aquitania. Además de una
reforma económica y administrativa de los monasterios benedictinos, se
basaba en una dependencia exclusiva de la jerarquía eclesiástica,
intensificando una estricta disciplina. Otros movimientos propugnaron
una vuelta al espírtiu de la Iglesia primitiva -eremitas y cenobitas en
Italia-. Por otro lado, en 1098, el abad Roberto de Molesme fundó la
orden del Císter, en Citeaux (Francia), desde donde partió otro
movimiento reformista, el cisterciense, que pretendió vivir con absoluta
rigurosidad los ideales de San Benito.
Fuente. Historia Universal. La Alta Edad Media y el Islam, Editorial Sol 90, Barcelona, 2004
Fuente. Historia Universal. La Alta Edad Media y el Islam, Editorial Sol 90, Barcelona, 2004
lunes, 19 de octubre de 2015
INOCENCIO III
INOCENCIO III, UN PAPA CLAVE EN LA HISTORIA
Es posible
que, más de uno, al leer el título de esta entrada, quizá piense que los temas
de la Iglesia no le atraigan demasiado. No obstante, yo os invito a conocer a este
personaje, que es uno mis favoritos. Fue, en su época, lo que ahora se llama un
auténtico “crack”. Leedlo, os aseguro que no os defraudará su historia.
Empecemos
por el principio. Nació en 1161, en Anagni, en aquel momento, parte de los
Territorios Pontificios. Su nombre real fue Lotario.
Su
padre fue el conde Trasimundo de Segni, miembro de la respetada y nobiliaria
familia Conti. Por ello, recibió una educación esmerada, iniciada en Roma y culminando
su formación con estudios de Teología en París y Derecho Canónico en la famosa
universidad de Bolonia. En fin, todo un lujo en aquella época.
Se
convirtió en una autoridad académica y
fue nombrado cardenal por el Papa Clemente III, que era su tío. Además, nadie
puso reparos, porque su familia era benefactora de la Iglesia.
Tras
la muerte del mencionado Papa y de su sucesor, Celestino III, que era de la
familia Orsini, enemiga de la suya, fue elegido como nuevo Papa sin haber
cumplido los 37 años. Lo cual, incluso, entonces, era muy inusual.
Parece
ser que eligió el nombre de Inocencio por recomendación de un amigo suyo, pues
era “un nombre que conjura la desunión”. Los dos Papas que llevaron
anteriormente ese nombre fueron muy ejemplares. El más conocido fue Inocencio
I, que se enfrentó nada menos que a Alarico, cuando saqueó Roma, y consiguió
conservar unida a la Iglesia.
Gracias
a haber llegado tan joven al Papado, tuvo un reinado muy fructífero. Por
ejemplo, gracias a sus dotes diplomáticas, supo anexionar muchos territorios al
Papado.
También
convocó el IV Concilio de Letrán, en 1215, en el cual se organizaron las bases
de la Inquisición Papal, que, hasta entonces, no existía.
Reinó
en unos tiempos muy convulsos, aunque este adjetivo ya se suele dar a todos los
tiempos, pero, lo cierto, es que en su época fueron muy complicados y ahora
veremos por qué.
Tuvo
que lidiar con los problemas de los burgueses de las ciudades, que se querían
ir pareciendo a los nobles y desbancarles del poder político. No olvidemos que
él era un noble feudal.
También
tuvo que luchar contra Francia e Inglaterra, las dos potencias europeas del
momento, las cuales querían un Papa a la medida de cada uno.
En
Oriente, tenemos nada menos que a Saladino, el cual consiguió derrotar a los
mejores estrategas militares occidentales.
Siempre basó sus intervenciones en la política en que en las Escrituras se da al Vicario de Cristo, como él quería que le llamaran, la plena potestad sobre la Cristiandad y así se metió en todos los “berenjenales”.
Para
empezar, tras la muerte del emperador Enrique VI (el que encerró a Ricardo
Corazón de León), afirmó que el nombramiento del nuevo emperador del Sacro
Imperio, el cual era elegido por unos cuantos príncipes alemanes, debía ser
ratificado por el Papa. Así terminaría con las luchas entre el Papado y el
Imperio.
Por
eso, como no le gustó la elección, para emperador, de Felipe de Suabia,
promovió a Otón de Brunswick, el cual llegó al trono. Una vez asentado, discutió
con nuestro Papa y a éste no se le ocurrió otra cosa que promover como
candidato a Felipe, rey de Sicilia. Con la ayuda de Felipe Augusto de Francia
(a lo mejor os suena este rey en el caso de los cátaros), pues consiguió que
Felipe fuera el nuevo emperador, aunque murió muy pronto.
Como
fue muy habitual en él, se inmiscuyó en el caso de la presunta bigamia del rey
Felipe II de Francia, el cual se había casado con una princesa danesa y, sin
razón aparente, al poco tiempo, la encerró, dando una explicación muy extraña
sobre una consanguinidad incompatible con el matrimonio. Lógicamente, la razón
era que quería casarse con otra y eso a nuestro Papa no le hizo gracia y
excomulgó a todo el reino.
En
nuestro territorio, por supuesto, también intervino. Como Alfonso VIII de
Castilla estaba organizando una Cruzada contra los almohades musulmanes, pues
envió al arzobispo de Toledo, para pedirle su colaboración. Gracias al
pontífice, se pudieron sumar a esta lucha las tropas de Navarra y Aragón, que
habían estado enfrentadas con Castilla poco antes, lógicamente, bajo pena de excomunión
si no lo hacían. No pudo llegar a convencer al rey de León por graves
discrepancias con el Papado y con Castilla. Así tuvo lugar la famosa batalla de
Las Navas de Tolosa, donde las huestes cristianas vencieron al Islam e hicieron
bajar la frontera entre los reinos más al sur de Despeñaperros.
Tampoco
se olvidó de otros reinos. En el de León, excomulgó a Alfonso IX, por casarse
con Berenguela, que era una pariente muy cercana y tuvieron que separarse, a
pesar de tener ya varios hijos. Fue el último rey de León, después, su hijo,
Fernando III, unió este reino con Castilla.
En
Portugal, disolvió el matrimonio del heredero, Alfonso, con Urraca, por motivos
parecidos.
También
arbitró en otros reinos, como Noruega, Suecia o Polonia, sobre las disputas
sobre quién merecía ser el nuevo rey.
Intentó
destruir el Cisma griego y unir así las dos iglesias cristianas en una sola
bajo su mando. Lo consiguió durante poco tiempo.
No
hará falta decir que Juan sin Tierra, en Inglaterra, tampoco estuvo fuera del alcance
de este Papa. En 1205, a la muerte del arzobispo de Canterbury, el rey optó por
un candidato y el Papa por otro, que, encima, era un teólogo muy conocido de la
universidad de París. Como nuestro héroe no solía dar su brazo a torcer, pues
excomulgó en 1209 al rey. Así, Juan, aguantó hasta 1213, año en que cedió a la
voluntad de Inocencio III. Incluso, se reconoció como rey vasallo de la
Iglesia, para que sus territorios no fueran invadidos por los franceses.
En
fin, como ya os dije al principio, este hombre era lo que se llama ahora todo
un “crack”. Es como si el Papa actual pusiera de rodillas ante su presencia a
los dirigentes de USA y Rusia. Su idea siempre fue que “la amenaza para la Cristiandad
no son los musulmanes o infieles, sino la ambición de los príncipes cristianos”.
Como
no se podía estar quieto, esta vez se
fijó en una especie de secta que llevaba tiempo floreciendo en la zona sur de
la actual Francia. Hasta esa fecha, la Iglesia nunca había utilizado la
violencia para enmendar conductas heréticas. Todo lo más, les había enviado
unos misioneros para convencerles y readmitirlos en el seno de la Iglesia.
Incluso,
llegó a mandar legados pontificios con plenos poderes para, incluso, cesar a
los obispos de la zona que no combatieran satisfactoriamente la herejía y poner
a otros en su lugar.
En
1208, la cosa se puso más fea, pues el Papa envió a Pierre de Castelnau y éste
fue asesinado. Así que nuestro hombre montó el cólera y se decidió por
organizar nada menos que una Cruzada en Europa.
En
esta empresa le apoyaron el rey de
Francia y Simón de Montfort, importante señor feudal de la zona, emparentado
con las casas reales de Francia y de Inglaterra.
En
el otro lado estuvieron el conde Ramón VI de Tolosa y el rey Pedro II de
Aragón, el cual era el señor de algunos de los territorios donde estaban
asentados los cátaros y estaba obligado a defender a sus súbditos.
En
1213, en la batalla de Muret, murió Pedro II, dejando como sucesor a su hijo,
el futuro Jaime I el conquistador. Como, un año antes de la batalla, su padre
lo había dejado en prenda a Simón para hacer las paces con él, ahora Inocencio
III obligó a Simón a liberar al niño y entregarlo, para su educación, a los templarios.
Esta
Cruzada le dio la oportunidad al rey de Francia de anexionarse todo el sur del
país, que siempre había pertenecido a los condes de Toulouse.
Como
nuestro personaje nunca tenía bastante, aparte de esa cruzada, durante su
reinado se dieron dos más. Una fue la llamada Cruzada de los niños, de la cual
tenemos pocos datos y otra, la Cuarta Cruzada.
Esta
vez no le salió muy bien, pues Venecia, que era la principal financiera de esa
empresa, impuso atacar primero el enclave bizantino de Zara, porque les hacía
la competencia comercial y luego llegaron a saquear dos veces la misma Constantinopla.
De ahí sacaron muchos tesoros, como los famosos caballos de la catedral de
Venecia. Eso hizo que el Papa excomulgara a todos los cruzados por haber luchado
contra los cristianos.En cuanto a su actividad religiosa, se puede destacar el apoyo dado a la fundación de las órdenes dominica, clarisa y franciscana.
También
puso en marcha el IV Concilio de Letrán, donde se dieron unas instrucciones muy
claras sobre los derechos y deberes de los cristianos.
Además,
comenzó la organización de la Quinta
Cruzada, la cual no pudo ver realizada por su repentina muerte.
En
la primavera de 1216 se trasladó a Pisa y Génova para fomentar las relaciones políticas
y comerciales.
Murió
de repente en Perugia, en 1216, con
apenas 55 años. Siempre hubo rumores sobre su muerte. Incluso, se conoce
el nombre de su médico personal, cosa poco frecuente en esa época.
Algún
autor de novelas ha escrito que fue envenenado por una antigua amiga suya, pero
me parece que es simplemente una licencia literaria, porque no hay ningún
documento que confirme eso.
Fue
enterrado en la catedral de Perugia, hasta que, en el siglo XIX, León XIII, uno
de sus más fervientes admiradores, ordenó su traslado a Roma
martes, 3 de junio de 2014
lunes, 16 de diciembre de 2013
domingo, 21 de abril de 2013
Calixt III
Dossiers - Calixt III - Cap. 568
Calixt III
Dossiers emet este dissabte “Calixt III, el primer
papa Borja2”, un reportatge que redescobreix la figura d´Alfons de Borja
que, contra tot pronòstic, va ser elegit pontífex el 8 d´abril del
1455. No debades, ell no era el favorit i, per això, van fer falta cinc
votacions per a situar este valencià de 76 anys per damunt de qualsevol
monarca o senyor.
“Calixt III, el primer papa Borja” recorre els llocs i les ciutats que
influïren en la seua vida alhora que analitza els passos que va fer cap a
la cadira de sant Pere. Una carrera eclesiàstica marcada pels vaticinis
del pare Vicent Ferrer, qui va predir que Alfons de Borja arribaria a
ser papa per a després convertir-lo a ell en sant.
Dossiers repassa els anys del seu pontificat, però també dibuixa la
situació sociopolítica d´una època marcada pel Cisma d´Occident. I, per
descomptat, analitza la que va ser la seua gran obsessió: les croades.
Calixt III estava convençut que la providència l´havia triat per a posar
fi a la presència dels turcs en terres cristianes.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Celestino V, el ermitaño que se convirtió en Papa
Hubo un tiempo en el que todo lo que rodeaba a los Papas estaba envuelto en guerras, traiciones, muertes y ambiciones. Una época en la que los papados eran relativamente cortos y difícilmente se podía encontrar a algún pontífice que superase los dos o tres años en el cargo.
Como bien es sabido, el de Papa es un cargo vitalicio y que se ha de ostentar hasta el día del fallecimiento del máximo representante de la iglesia católica. Pero en la Historia podemos encontrarnos momentos singulares protagonizados por algunos Papas que no siguieron la estela de sus antecesores, como es el caso de Celestino V que ocupó el trono de San Pedro tan solo durante un periodo de cinco meses y decidió renunciar al cargo para irse a vivir como ermitaño a una cueva.
Posteriormente, un cúmulo de traiciones y venganzas hicieron que acabase encerrado en una mazmorra y alrededor de su misteriosa muerte surgiesen infinidad de mitos y leyendas. Pero antes, dejadme que retroceda en los años y me sitúe en el inicio de esta fascinante historia.
[Relacionado: El palpado testicular a los Papas y la leyenda de la Papisa Juana]
Desde el fallecimiento de Nicolás IV, el 4 de abril de 1292, el puesto de Papa estuvo vacante y sin ser ocupado a lo largo de dos años, hasta el 5 de julio de 1294 en el que el cónclave papal finalmente eligió un sustituto por unanimidad.
Tras llegar a un acuerdo, la responsabilidad de ser el nuevo Papa y dirigir a la iglesia católica recayó en Pietro Angeleri, un religioso que no era cardenal sino un monje benedictino que vivía como ermitaño en una cueva.
El recién elegido pontífice tomó el nombre de Celestino V y, a pesar de la poca preparación para el cargo que tenía debido a sus años de confinamiento en la cueva, puso toda su voluntad para reconducir todo el desaguisado que se había producido en la institución religiosa durante los últimos años y más teniendo en cuenta los dos largos años que no hubo nadie ocupando ese cargo.
Pero tal y como encabezaba este post, ese era un tiempo de envidias, traiciones y oscuros pactos, que hacían de la curia eclesiástica y sus miembros más destacados todo un entramado de acuerdos políticos por posicionarse lo mejor posible.
Uno de esos personajes que supo jugar sus cartas y se colocó muy cerca del nuevo Papa fue el cardenal Benedicto Caetani, quien desde un principio intentó asesorar a Celestino V en su nuevo cometido. Pero en lugar de ayudarlo le minaba la moral diciéndole repetidamente lo inepto que era para su cargo y lo poco preparado que estaba para ejercerlo.
Celestino V fue viendo como, una tras otra, todas sus propuestas y voluntades de cambiar y mejorar el sistema eclesiástico no daban frutos y eran vetados, por lo que, aconsejado astutamente por Caetani, decidió presentar su renuncia el 13 de diciembre de 1294, tras cinco meses de pontificado, y volver a su antigua vida como ermitaño.
El Papa Bonifacio VIII traicionó a Celestino V y mandó encerrarlo (Wikimedia commons)Tras su abdicación, Pietro Angeleri recomendó que su sustituto como Papa fuese el cardenal Benedicto Caetani, quien fue elegido en primera votación en el cónclave papal y nombrado nuevo pontífice el 24 de diciembre de 1294, adoptando el nombre de Bonifacio VIII.
Angeleri volvió a su cueva para vivir una nueva vida de recogimiento y espiritualidad. Pero sus planes se vieron truncados cuando el nuevo Papa ordenó su apresamiento y mandó encerrarlo en el Castello di Fumone, en el que permaneció hasta el día de su fallecimiento, el 19 de mayo de 1296.
Mucho se ha especulado sobre la verdadera causa de la muerte del que fuera conocido como el Papa ermitaño. La versión oficial dijo en su momento (y sigue manteniéndolo) que fue fruto de un accidente, cuando Pietro Angeleri estando en su celda se golpeó en la cabeza clavándose en el cráneo un clavo que allí sobresalía.
Otras versiones apuntan que su muerte fue provocada por miembros de la Orden de los Celestinos (creada por el propio Angeleri ) quienes lo mataron de ese modo para convertirlo en un mártir y así consagrar la orden y conseguir la canonización de Celestino V.
Pero queda una tercera hipótesis sobre cómo murió el Papa ermitaño y es la que indica que fue el propio Bonifacio VIII quien mandó asesinarlo.
Sea como fuere el verdadero motivo de la muerte de Pietro Angeleri , esta curiosa y sorprendente historia ha servido para conocer más de cerca cómo era y funcionaba la institución eclesiástica en el siglo XIII y saber quién fue el primer Papa que renunció a su cargo.
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