sábado, 7 de noviembre de 2015

El mundo monástico

Actividades agrícolas en el monasterio (miniatura medieval)
En el siglo IX, los monasterios proliferaron en Europa y, tras sus muros, se gestó una nueva visión religiosa, que no excluía el trabajo manual. Al contrario, convirtió el tradicional castigo divino en uno de los factores de desarrollo.

En el marco de la expansión del cristianismo, las experiencias monásticas proliferaron en las costas de Provenza y luego, en Irlanda, donde la difusión del fenómeno coincidió con la evangelización de la isla por obra de San Patricio, iniciada en 432. El monaquismo cobró fuerza con la experiencia de Benito de Nursia, quien al fundar el monasterio de Montecassino, compuso la Regula Benedicti, compendio de reglas destinadas a sistematizar la vida religiosa.
San Benito pertenecía a una familia acomodada de Umbría, procedente de la aristocracia romana. En un principio, estaba destinado a ocupar un cargo en la burocracia estatal, pero su carrera dio un giro notable cuando decidió sumarse a una comunidad eremita en Efido. Posteriormente se retiró a Subiaco, donde organizó una nueva comunidad eremita según las normas establecidas por Pacomio. Debido a conflictos internos, se estableció en Montecassino, en Campania (Italia), una región donde el paganismo todavía permanecía vigente.
San Benito subrayó la subordinación de los miembros de la comunidad al abad, y el mantenimiento de por vida de los vínculos con el centro religioso.
El gran cambio que estableció la reforma benedictina fue el de reducir la austeridad corporal en aras de un mayor esfuerzo en la formación intelectual. Puso el acento en la importancia de la lectura y del estudio, para lo cual exigió que cada monasterio contase con una biblioteca y una escuela. Estos dos elementos fueron las bases de lo que posteriormente serían las escuelas episcopales. San Benito destacó la importancia de que los monjes ejerciesen el trabajo manual y sistematizó la práctica regular de la plegaria, adoptando la máxima ora et labora.
San Benito de Nursia
La entrada en el monacato obligaba al monje a permanecer en él toda la vida, respetando los votos de pobreza y castidad. Para la dirección de la comunidad, los monjes elegían un abad, al cual debían obediencia. Como padre y guía, el abad se encargaba de mantener la disciplina, tanto en el aspecto religioso como mundano (comidas, vestimentas, etc). Dado el caso, el abad estaba facultado para castigar a los monjes que infringieran las reglas. Por lo general, el castigo consistía en jornadas de ayuno, exposición más o menos prolongada a las inclemencias climáticas o incremento de las horas de trabajo.
Pese al excelente funcionamiento del sistema monástico benedictino, éste tardó al principio en imponerse. Tanto en la península itálica como en la Galia, la regla benedictina debió competir con muchas otras formas organizativas. Uno de los méritos del papa Gregorio Magno fue precisamente reconocer las posibilidades que ofrecía el monacato benedictino como un instrumento al servicio de la autoridad pontificia. En la época de las misiones para cristianizar a los pueblos que aún profesaban cultos paganos, se pusieron de manifiesto todas las implicaciones de este vínculo entre la política papal y la difusión de un monaquismo disciplinado y bien organizado.
Revalorización del trabajo
El monasterio se esforzaba por desarrollar una economía lo más autárquica posible y producir en sus propios terrenos todo lo necesario para su autosubsistencia. La variada actividad de los monjes abarcaba tanto el cultivo del campo y de la huerta como los oficios artesanales. Por lo general, los trabajos más duros fueron realizados en gran parte por los campesinos libres y siervos que vivían en las tierras abaciales y, más tarde por los hermanos legos. Pero los oficios artesanales, especialmente en los primeros tiempos, fueron ejecutados principalmente por los monjes. Y fue precisamente por la organización del artesanado por lo que el monacato ejerció una profunda influencia en la evolución artística y cultural de la Edad Media.
De este modo, aunque era común la presencia de aristócratas en los monasterios, la vida monacal impuso una nueva valoración del trabajo. En este sentido, las reglas monásticas ejercerían gran influencia en la moral burguesa de la Baja Edad Media, tal como se iba a expresar posteriormente en las ordenanzas de los gremios. Puede afirmarse que los monjes fueron los primeros que enseñaron en Occidente a trabajar con método. Hasta la reorganización de la vida urbana, los talleres que, herederos de la antigua manufactura romana, eran todavía numerosos en las ciudades, trabajaban dentro de unos límites muy modestos, y aportaron poco al desarrollo de las posteriores técnicas industriales.
También en los palacios señoriales y en las más importantes cortes feudales había artesanos especializados, que trabajaban de manera obligatoria y gratuita, pero pertenecían a la casa real o a la servidumbre. Su trabajo se desarrollaba dentro de los marcos del trabajo doméstico. La independencia del artesano fue fruto, entre otros motivos, de la aparición de los monasterios. En ellos fue donde, por primera vez, aprendieron a ahorrar tiempo,a dividir y aprovechar racionalmente el día, a medir el paso de las horas y a anunciarlo con el toque de campana. El principio de la división del trabajo se convirtió en el fundamento de la producción.

Focos de difusión

En Occidente, el desarrollo del monaquismo se produjo a partir de dos grandes focos que supusieron una ruptura con el modelo oriental. Durante los siglos VI y VII, los monjes irlandeses, entre ellos San Columbano, fundador del monasterio de Bobbio (Italia), penetraron en el norte del continente en funciones misioneras. En Italia, la Regula Benedicti prosperó al limitar el rigorismo ascético del monaquismo occidental y adaptarlo a la época. Los monasterios benedictinos se convirtieron en importantes centros productivos, culturales y religiosos, sobre todo a partir de Casiodoro de Vivario (Calabria). En el siglo VII se extendieron por la Galia.
La actividad cultural
Monje copista
Tras la muerte de Carlomagno, la corte dejó de ser el centro cultural de Europa. El desmembramiento del mundo carolingio convirtió los monasterios en los nuevos focos de actividad intelectual y artística. La copia y la iluminación de manuscritos fueron una de las grandes tareas monacales, como lo demuestran las obras realizadas en Tour, Fleury, Corbie, Tréveris, Colonia, Ratisbona, Reichenau, San Albano o Winchester. El trabajo estaba organizado por especialidades. En los talleres destinados a esta actividad (scriptoria), además de los pintores (miniatores), estaban los maestros de caligrafía (antiquarii), los ayudantes (scriptores) y los pintores de iniciales (rubricatores). Junto con la ilustración de textos, los monjes se ocupaban de arquitectura, escultura y pintura, eran orfebres y esmaltadores, tejían sedas y tapicerías, creaban fundiciones de campanas y talleres de encuadernación de libros, de producción de vidrio y cerámica.
Algunos monasterios llegaron a convertirse en grandes centros productivos, como el de Saint Riquier, que ya en el siglo IX tenía un trazado de calles con los talleres agrupados por oficios.
Muchas veces, los talleres monacales también eran sedes de experimentos tecnológicos. A fines del siglo XI, el monje benedictino Teófilo describía en sus notas (schedula diversarum artium) una serie de inventos hechos en los monasterios, como fabricación de vidrio, pinturas al fuego en vidrieras y mezcla de colores al óleo.
Por lo demás, numerosos artistas y artesanos libres, que recorrían Europa, procedían en gran parte de los talleres monacales, que al mismo tiempo eran las "escuelas de arte" de la época y se dedicaban especialmente a la formación de nuevas promociones de maestros. Especial nivel de formación artística alcanzó el monasterio de Solignac, cuyo fundador, San Eligio, fue el más famoso orfebre del siglo VII. El obispo Bernardo, creador de las puertas de bronce de la catedral de Hildesheim, se destacó como formador de numerosos maestros fundidores.
Muy importante fue la contribución del monacato al desarrollo de la arquitectura. Hasta el florecimiento de las ciudades y la aparición de las logias, la arquitectura estuvo en manos casi exclusivamente eclesiásticas, si bien los artistas y operarios que trabajaban en la construcción no solían ser monjes. Éstos participaban como organizadores. Del monje Hilduardo, por ejemplo, se sabe que fue el maestro de obras de la iglesia abacial de Saint Père, en Chartres; San Bernardo de Claraval, puso a disposición de otros monasterios a un miembro de su orden, el arquitecto Achard, e Isemberto, arquitecto de la catedral de Saintes, La Rochela y otras ciudades.
Las reformas de Cluny y el Císter
Durante los siglos X y XI, surgió un movimiento de reforma que pretendía elevar el nivel moral del clero, luchar contra el matrimonio y concubinato de los clérigos y abolir la simonía -compra y venta de los cargos eclesiásticos-. En una época en que los monarcas nombraban a los obispos, e incluso los señores feudales designaban a los párrocos, los reformadores perseguían también la separación entre el poder eclesiástico y el poder civil. En este contexto obtuvo una especial resonancia el movimiento cluniacense, que partió en la abadía de Cluny, fundada en 910 por el duque Guillermo de Aquitania. Además de una reforma económica y administrativa de los monasterios benedictinos, se basaba en una dependencia exclusiva de la jerarquía eclesiástica, intensificando una estricta disciplina. Otros movimientos propugnaron una vuelta al espírtiu de la Iglesia primitiva -eremitas y cenobitas en Italia-. Por otro lado, en 1098, el abad Roberto de Molesme fundó la orden del Císter, en Citeaux (Francia), desde donde partió otro movimiento reformista, el cisterciense, que pretendió vivir con absoluta rigurosidad los ideales de San Benito.

Fuente. Historia Universal. La Alta Edad Media y el Islam, Editorial Sol 90, Barcelona, 2004